Es el deseo de plenitud y felicidad lo que siempre ha movido al hombre. No existe otro motivo que lo lleve a modelar su realidad personal y social, fuera de éste. Así es su naturaleza: hecha de deseo y presentimiento de plenitud.
Paradójicamente, lo que cumple nuestro deseo de plenitud (que es lo más “nuestro”) no lo determinamos nosotros, sólo podemos reconocerlo cuando lo encontramos como don en nuestra vida. Todo en nuestra vida es don de otro, cada paso que intentamos dar se apoya sobre un don que nos esperaba antes de nuestra intención. Nuestra propia persona es un don (no nos elegimos a nosotros mismos para existir), un dato hecho como tal, más allá de nuestra opinión, varón o mujer.