Después del destello mundialista, de las mil y una felicitaciones que, de todos los modos y frentes posibles, habrás recibido, quiero escribirte esta carta…
Como buen amante del fútbol que soy –y mucho más de la selección española-, la semana pasada pensé que, deportivamente, ya lo había vivido todo. Los nervios de los partidos, la incertidumbre de los penaltis, la selección de Holanda en lucha libre en lugar de jugar al fútbol, la inmensa alegría del gol de Iniesta, el sorprendente beso de Iker a Sara Carbonero, la tormenta de banderas que tiñeron España de rojo y amarillo la emoción de saber que nuestro país es campeón del mundo… Te confieso, Álvaro, que estaba completamente seguro de que, más allá de todas y cada una de las escenas que hicieron realidad la epopeya del Mundial, el final no podía ser más perfecto. Sin embargo, inocente de mí, gracias a Dios (y nunca mejor dicho), me equivoqué…