Acaba de aparecer en Voz de Papel mi libro “¿Puede tener esperanza el homosexual?” en el que trato la problemática de la homosexualidad. Ahora voy a decir qué enseñaba a mis alumnos adolescentes.
Para la Iglesia, según el Vaticano II, hay que iniciar a los niños y adolescentes, en una positiva y prudente educación sexual, adaptándola a cada etapa de su crecimiento. La Iglesia siempre impartió educación sexual, aunque no siempre lo hizo de un modo adecuado. Esta educación se ha hecho hoy más necesaria, ante los disparates de la ideología de género, para la que todo tipo de relación sexual, con la única excepción del matrimonio entre un hombre y una mujer, son buenas.
Pero cuando les hablaba a los chicos de sexualidad, la cuestión que más discusiones originaba, era la de la homosexualidad. ¿En qué consiste?
Se llama homosexual al individuo que de manera exclusiva o predominante desea un socio sexual de su mismo sexo, pero no a aquél que sólo ha deseado o tenido estas relaciones de modo incidental o pasajero, como sucede con frecuencia en la adolescencia. Hay algunas diferencias entre la homosexualidad masculina y femenina, dándose más fidelidad y duración en la relación femenina.
