A los que nos ha tocado la suerte de ser padres y de haber realizado unos estudios que nos capacitan, teóricamente, para impartir la enseñanza de determinadas áreas de conocimiento en un centro educativo, no se nos da automáticamente la habilidad de ayudar realmente a madurar a nuestros hijos y alumnos.
Se puede tener, o no, la disposición adecuada de ser padre o de ser docente. Pero eso no lo da, ni lo puede dar, la naturaleza ni los títulos. Tener vocación es algo mucho más serio y que no se puede tomar a la ligera. Ser colaboradores de Dios en la ayuda y formación de su obra más perfecta, el ser humano, no es ninguna tontería.
Por mucho que pensemos que los hijos y alumnos de hoy en día van formándose ellos solos con ayuda de sus amigos y ambiente, con el devenir de los años, con las distintas realidades y problemas que tienen que encarar y resolver, no es suficiente.
