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11 abril 2013

El otro es un bien, también en política, por Julián Carrón

Estimado director,

Tratando de vivir la Pascua en el contexto de los últimos eventos acaecidos en la Iglesia – desde la renuncia de Benedicto XVI a la irrupción del papa Francisco –, no he podido evitar pensar en la dramática situación en la que está sumida Italia debido a la dificultad para salir de la parálisis que se ha generado.

Muchas personas, bastante más autorizadas que yo por sus competencias políticas, han escrito largamente sobre este tema. No tengo ninguna solución estratégica que sugerir. Me permito tan sólo ofrecer algunas ideas, en un intento de colaborar al bien de una nación a la que ahora me siento ligado por muchos motivos.

En mi opinión, la situación actual de bloqueo es el resultado de la percepción del adversario político como un enemigo, cuya influencia debe ser neutralizada o por lo menos reducida a la mínima expresión. En la historia europea del pasado siglo tenemos documentación suficiente de los intentos análogos de las distintas ideologías de eliminarse mutuamente, que han llevado a poblaciones enteras a terribles sufrimientos.

Pero el resultado de estos esfuerzos ha llevado a una constatación evidente: es imposible reducir al otro a cero. Esta evidencia, junto al deseo de paz que nadie puede eliminar del corazón de cada hombre, es lo que sugirió los primeros pasos de ese milagro que se llama Europa unida. ¿Qué permitió a los padres de Europa encontrar la disponibilidad para hablarse, para construir algo juntos, incluso después de la segunda Guerra Mundial? La conciencia de la imposibilidad de eliminar al adversario les hizo ser menos presuntuosos, menos impermeables al diálogo, conscientes como eran de su propia necesidad. Se empezó a dar espacio a la posibilidad de percibir al otro, en su diferencia, como un recurso, como un bien.

26 diciembre 2012

Navidad: la ternura de Dios por el hombre (Julián Carrón)


Hay una frase de Dostoievski que me está acompañando en estos meses, a la hora de hablar del cristianismo a personas muy diferentes, tanto en Italia como en el extranjero: «Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, creer verdaderamente, en la divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios?». Esta pregunta es un reto para cada uno de nosotros. De cómo se responda a ella depende el éxito de la fe en nuestros días. En un discurso de 1996, el entonces cardenal Ratzinger respondía que la fe seguirá siendo válida hoy «porque se corresponde con la naturaleza del hombre. En el hombre hay un anhelo y una nostalgia inextinguibles de lo infinito». Y además indicaba la condición necesaria: para poner de manifiesto todo el alcance de su pretensión, el cristianismo necesita encontrar la humanidadque late en cada uno de nosotros.
 
Y, sin embargo, cuántas veces sentimos la tentación de mirar nuestra humanidad concreta - por ejemplo, nuestro malestar, insatisfacción, tristeza, o aburrimiento - como un obstáculo, como una complicación y un estorbo para la realización de lo que deseamos. Por ello, nos enfadamos con nosotros mismos y con la realidad, y el peso de las circunstancias nos abruma, mientras tratamos de avanzar dejando de lado ciertos "aspectos" de nuestro yo. Sin embargo, el malestar, la insatisfacción, la tristeza y el aburrimiento, no son síntomas de una enfermedad que se pueda tratar con medicinas, como cada vez más sucede en una sociedad que confunde la inquietud del corazón con el pánico o la ansiedad. Estos síntomas, por el contrario, son señales de cuál es la naturaleza de nuestro yo. Nuestro deseo es más grande que el universo entero. La percepción de un vacío en nosotros y en lo que nos rodea, de la que habla Leopardi ("carencia y vacío"), y el aburrimiento del que habla Heidegger, prueban la condición ineludible del corazón humano, el carácter inconmensurable de nuestro deseo: nada consigue darle satisfacción y paz. Podemos olvidarlo, traicionarlo, engañarlo, pero no podemos extirparlo.

25 diciembre 2012

La Iglesia celebra la Navidad para que nosotros podamos hacer experiencia de este abrazo que aferra nuestra humanidad


Una contribución de Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, publicada en el Corriere della Sera el 23 de diciembre de 2012. La carta será asimismo el editorial de Huellas de enero.

Estimado Director,
Las dificultades que debemos afrontar, ya sean personales (precariedad, pérdida del trabajo, enfermedades, fragilidades humanas, desorientación existencial, el mal cometido o sufrido) o colectivas (crisis económica, malestar social, confusión política, incertidumbre internacional), son tan imponentes que podrían inducir a considerar inevitable la desaparición de toda espera. Sin embargo, nunca como en estas circunstancias resulta evidente la verdad que encierran estas palabras de Dante tan familiares para nosotros: «Ciascun confusamente un bene apprende / nel qual si queti l’animo, e disira: / per che di giugner lui ciascun contende»(Todos intuyen confusamente la existencia de un bien en el cual el alma pueda encontrar satisfacción, y lo desean; por ello, todos luchan para alcanzarlo).
¡Qué leales debemos ser para reconocer esta espera y este deseo de bien! Lo que más dificulta este reconocimiento es el bullicio social que todos contribuimos a generar con nuestra connivencia. En efecto, «todo conspira para callar de nosotros, un poco como se calla, tal vez, una vergüenza, un poco como se calla una esperanza inefable» (Rilke). Cada uno de nosotros sabe hasta qué punto contribuye a esta conspiración.
¿Quién vencerá? ¿La parte de nosotros que espera o la que conspira?

21 noviembre 2012

¿Cuándo nos sentimos libres?, por Julián Carrón


¿Cómo podemos saber qué es la libertad? Las palabras son signos que indican una experiencia determinada: la palabra amor especifica una experiencia determinada, y la palabra libertad especifica otra experiencia determinada. Observemos pues con lealtad, ¿cuándo nos sentimos libres?
Camino de las cercanías de Villerville de Carlos de Haes.
Imaginemos una muchacha, según el ejemplo ya clásico entre nosotros, que quiere acudir a una fiesta con sus amigos. Va a su padre y le pregunta, y entonces en contra de lo habitual, esta vez le dice que no. El malestar y la rabieta de la chica son signos inequívocos de que no se siente libre. Solo cuando, después de un diálogo encendido, finalmente su padre la deja ir, se siente libre.
Nosotros nos sentimos libres cuando vemos satisfecho un deseo. Por ello, la libertad se experimenta en la satisfacción de un deseo. Es la verdad que se esconde en esa impresión inmediata, espontánea, que todos tenemos de la libertad y que se expresa con naturalidad en la sencilla frase: «Ser libres es hacer lo que nos place».


La totalidad como dimensión del deseo

Sin embargo, es cierto que no nos contentamos con la satisfacción de nuestros deseos más inmediatos. Cuanto más se cumplen estos deseos parciales tanto más se pone de manifiesto que deseamos algo más. Cuando éramos niños nos contentábamos con caramelos. Hoy, imposible. Si uno presta atención a su experiencia y es leal con lo que emerge de ella, descubre la verdadera naturaleza de su deseo, que no se satisface jamás del todo. 

03 agosto 2011

Encontrar algo que corresponda a nuestra espera, por Julián Carrón

Cuando pienso en un joven de hoy que se está abriendo a la vida, me embarga una ternura infinita: ¿cómo se orientará en esta babel llena de oportunidades y de desafios en la que le toca vivir? Basta ver la televisión, o acercarse a un puesto de periódicos o a una librería, para ver la variedad de opciones que tiene ante sí. Acertar es empresa ardua. 

Pero si es conmovedor pensar en un chico ante semejante desafío, me asombra aún más que quien nos ha puesto en la realidad no haya tenido ningún reparo en correr semejante riesgo. Hasta el punto de escandalizar a quienes quisieran ahorrárselo a sí mismos y a los otros, sean éstos hijos, amigos, o alumnos.

El Misterio, sin embargo, no nos ha lanzado a la aventura de la vida sin proveernos de una brújula con la que poder orientarnos. Esta brújula es el corazón. En nuestro tiempo el corazón es reducido a sentimiento, a estado de animo. Pero todos podemos reconocer en la experiencia que el corazón no se deja reducir, no se conforma con cualquier cosa. “El hombre está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente”, dice el Papa en su Mensaje. Nosotros lo sabemos bien.

05 enero 2011

¿Qué significa ser cristiano hoy?, por Julián Carrón

Conferencia inaugural del XII Congreso Católicos y Vida Pública, a cargo de Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación.
Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación
«Un hombre culto, un europeo de nuestros días, ¿puede creer, realmente creer, en la divinidad del Hijo de Dios, Jesucristo?». Esta frase de Dostoyevski nos pone frente al desafío ante el que se encuentra la fe en Jesucristo hoy. Este desafío no es genérico, en el sentido de si sea posible en absoluto la fe en Cristo. El aspecto decisivo de la pregunta del escritor ruso estriba en la referencia a un contexto bien preciso: la Europa contemporánea. Y tiene como destinatario un tipo de europeo concreto: un europeo culto, es decir un europeo formado, uno que no renuncie a ejercer toda la capacidad de su razón, toda su exigencia de libertad, todo el potencial de su afecto. Es decir, un hombre que no renuncie a nada de su humanidad. A un tipo humano de estas características, ¿le es posible creer en Jesucristo? Pero “creer verdaderamente” -insiste Dostoyevski-, como queriendo subrayar que se trata de una fe que sea verdaderamente digna al mismo tiempo de la naturaleza de la fe y de las exigencias de la razón.