12 mayo 2012

Juega a la vida, por Juan Borrero

Hace algún tiempo un buen amigo me enseñó un anuncio publicado en uno de los periódicos gratuitos que reparten en el metro. Era de una agencia de citas cuyo reclamo publicitario rezaba: “La vida es corta, ten una aventura”. Este hecho me hizo extremadamente sensible a todo tipo de anuncios. Poco tiempo después me llamó la atención otro cartel cerca de mi casa que mostraba la respuesta de un usuario de una red social a la pregunta: “Y tú, ¿qué serías capaz de hacer?”, a lo que respondía diciendo: “Me lo haría con el pibón de la madre de mi colega”. 


Inmediatamente provocó en mí la pregunta de por qué la publicidad, más allá de cumplir su función anunciando un producto, fomenta mediante estrategias ciertamente llamativas los instintos poco racionales de los usuarios de dicha red. Ante todo no comprendí por qué esta empresa de desodorantes era capaz de entender esta expresión instintiva como un ejemplo a seguir o una referencia de cualquier tipo. Mayor fue mi sorpresa al conocer cierto videojuego cuyo cartel publicitario proponía: “Juega a la vida”. 






Este tercer anuncio, lejos de expresar la frustración de deseos acallados por la rutina como los dos anteriores, iba mucho más allá de lo meramente humano, proponía directamente cambiar una aburrida realidad por otra en la que el jugador decide todo aquello que ocurre con los personajes de una familia o incluso de una ciudad: el nacimiento, las relaciones, el amor, el ocio, el sufrimiento e incluso la muerte, con la única finalidad de controlar algo que normalmente se es incapaz de vivir. La pregunta que hizo nacer en mí fue: ¿acaso la realidad no es los suficientemente interesante, atractiva, apasionante y bella como para saciarnos? 


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