22 agosto 2013

Sin descubrir la relación con el Misterio, la vida se hace insoportable

«Me siento amado por Cristo. Sin este amor, la vida sería insoportable». John Waters explicó ayer su experiencia vital poniéndola en relación con el lema del Meeting de Rimini: “Una emergencia: el hombre”. Narró su vida, su sufrimiento, su dura dependencia del alcohol y su redención, acontecida en el redescubrimiento de la belleza de la realidad en la relación con el Misterio. Emilia Guarneri, presidenta de la Fundación Meeting para la Amistad entre los Pueblos, abrió el encuentro central de la semana presentando al escritor y periodista del Irish Times. A él le encargó la misión de llegar hasta el fondo de la cuestión de la libertad y la humanidad de cada hombre, «que debe dejarse provocar – recordó Guarneri –, porque el hombre siempre se define por un grito positivo».


John Waters habló de una humanidad que ha renunciado a Dios en la presunción de poder hacerlo todo solo. Recordó que el Papa Benedicto XVI, en calidad de invitado en el Bundestag de Berlín, habló del “búnker” que el hombre ha construido para sí mismo, para vivir: «Un búnker sin ventanas que funciona según la lógica del positivismo. Todo debe ser comprobable y verificable. No hay lugar para el Misterio». Existe este búnker en la vida cotidiana, en la educación, la política, la cultura popular, en el mito. En el búnker, el hombre se siente seguro. «El búnker elimina la sorpresa – continuó el orador –, cierra el paso a los misterios incómodos de la existencia. Creemos que somos los dueños de nuestras vidas y nuestros destinos. En el búnker, el hombre pretende no ser una criatura, sino el dueño de sí mismo».

El periodista destacó que la historia de la humanidad, sin embargo, muestra que la vida, para sostenerse, necesita de todo aquello que los hombres sean capaces de imaginar y crear. «En el corazón del hombre hay una necesidad de mantener la mirada hacia el infinito, hacia lo eterno. Todo lo que el hombre puede crear son falsas esperanzas que sólo lo sostienen por un tiempo, y luego se disuelven, dejándolo frenético mientras trata de agarrarse a la próxima esperanza», continuó Waters. «Por esta razón, para lograr el dominio sobre la realidad, el hombre moderno ha tratado de ahogar su propio espíritu».

Casi 10.000 personas escuchaban con toda su atención lo que Waters contaba. «Supongamos que la destrucción de lo sagrado en nuestra cultura es una consecuencia del paso del tiempo. Pero el problema de la fe en la cultura moderna no se debe a la falta de evidencia razonable, sino a la imposibilidad de utilizar los hechos disponibles para fortalecer al máximo la razón y también se debe a la destrucción de la religión», aseveró el irlandés. Por lo tanto, es mucho más grave que la destrucción de una base moral o una identidad cultural. Equivale a la pérdida de la capacidad de vivir con el Misterio, de mirar el mundo con asombro, «pero sobre todo, incapacidad para mantener la visión que permite al hombre vivir plenamente, incapacidad para la esperanza y el anhelo por el destino humano en su totalidad».

He aquí la “emergencia del hombre” que el Meeting pone como centro de reflexión y discusión: «El hombre, perezoso, ha aparcado en un rincón a Dios, lo ha banalizado. Y, al hacerlo, ha dejado a un lado la cuestión sobre su destino». La cuestión de Dios no parece importar porque no habla de la vida real. En cambio, la experiencia del periodista y escritor es diferente: «La adicción al alcohol y el esfuerzo por salir de ella me hizo darme cuenta del hecho de que yo había sido creado, que dependía de otro, que no me había hecho a mí mismo. Yo era mortal, pero en mi deseo, era infinito. Y me encontré con gente que había hecho un viaje similar y que me dijo: ‘La respuesta a tu pregunta es Dios’».

Waters quiso terminar su ponencia animando al hombre a salir del búnker y, sobre todo, a «experimentar en la vida cotidiana, en el presente, la familiaridad con Cristo en el amor a sí mismo y a los demás», destacando que todos debemos «volver a tener un hambre insaciable por la vida y por el vivir». «Sólo por el hecho de estar aquí, de alguna forma, me siento amado – admitió el periodista –. He tenido esta sensación durante toda mi vida, pero no he sido consciente de ello hasta hace poco tiempo. Lo daba por descontado, pensaba que esta sensación de serenidad y de paz se debía a un fenómeno natural. Comprendía el amor de Dios, pero como algo abstracto, lejano. Sin este sentimiento de amor del que hablo, la vida sería insoportable y nada en el búnker sería capaz de protegerme».

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